HISTORIAS DE TALLER
Detrás de cada una de mis obras, de cada línea que trazo y
de cada material que hoy ves expuesto en una galería o en los Salones de Arte
en los que participo, hay una vida silenciosa que ocurre en la intimidad de mi
espacio cotidiano. Sé que, a menudo, te encuentras con la pieza ya terminada:
limpia, pulida y catalogada bajo una luz artificial. Pero ese resultado final
esconde el verdadero latido del proceso. Se pierden mis dudas a mitad de la
noche, los accidentes afortunados que cambiaron el rumbo de una creación, mis
silencios más profundos y esas vivencias personales que se mezclan con el día a
día. Es en ese entorno íntimo, rodeado de los míos y del transcurrir de la vida
compartida, donde mis manos encuentran el impulso urgente para crear.
Desde que inicié mi producción artística en 1991, he
acumulado notas, cuadernos de bocetos, fotografías y, sobre todo, recuerdos de
cómo nacieron mis piezas. Muchas de ellas forman parte de series formales y
conceptuales; otras, sin embargo, fueron respuestas urgentes, íntimas y crudas
a los acontecimientos que marcaron mi entorno más cercano.
Este espacio nace precisamente para desempolvar esas
memorias. No pretendo escribir desde el lenguaje frío de la teoría del arte o
la curaduría institucional. Quiero invitarte a pasar, a oler la madera, a
escuchar el metal, a sentir la tinta y a conocer el porqué y el detrás de cada
obra; el tránsito humano que les da vida y que, a veces, también las ve
desaparecer.
Ponte cómodo. Te abro las puertas de mi proceso.
Entrada #1: VIGILANTES PERPETUOS
El origen doméstico, la chimenea emocional y la custodia del vacío
Hay obras de arte que no nacen simplemente para ser
exhibidas, ni para permanecer inalterables bajo la luz artificial de una
galería, el frío silencio de un museo, la pulcritud de un cubo blanco o la
distancia impersonal de una colección privada. Nacen para transcurrir, para
envejecer, para transpirar y, en última instancia, para completar su propio
ciclo de vida y muerte a la par de nuestras propias vivencias.
Vigilantes perpetuos, creada en el año 2000, es una
de esas piezas: un ejercicio de duelo, una instalación escultórica de la
memoria familiar y una lección imprevista sobre el paso implacable del tiempo.
Con este texto abro Historias de taller, un espacio
para desempolvar notas, cuadernos, imágenes y memorias de la producción
artística que he venido desarrollando desde 1991. Muchas de estas obras
nacieron en el seno de series formales, pero otras, como esta, fueron
respuestas individuales, urgentes e íntimas a las vivencias que marcaban mi
entorno más cercano.
![]() |
| Imagen de la obra en el año 2000 |
I. La casa, el calor y la arqueología de la memoria
Vigilantes perpetuos surgió como un tributo
profundamente personal a mis padres tras su partida. Exceptuando la madera
verde que adquirí especialmente para el cuerpo central y los tres discos de
freno, casi todo el material de la obra provino directamente de nuestra
casa familiar.
Vivíamos en un lugar de clima muy cálido, por lo que los
ventiladores eran una presencia constante e indispensable en el hogar. Con el
tiempo, muchos de esos aparatos terminaban dañándose. De allí rescaté las
caperuzas metálicas que protegían sus motores. De hecho, una de las carcasas
que integré en las esculturas perteneció al ventilador que acompañó a mis
padres en su propia habitación.
Junto a estas piezas metálicas, recuperé la materia prima
con mayor carga afectiva de la obra: las cuatro tablas de las camas donde
durmieron mi mamá y mi papá. La cama como el espacio del descanso, de las
confidencias y del tránsito final; donde mi madre falleció en nuestra casa (a
diferencia de mi padre, quien murió en una clínica).
Con estos elementos levanté una trilogía escultórica de tres
cuerpos verticales que oscilaban entre los 1,30 y los 1,40 metros de altura,
con un contorno de unos 45 a 50 cm. En el suelo, unas láminas metálicas
delimitaban el perímetro ceremonial entre el espectador y la zona sagrada de la
memoria.
II. Ranuras de viento y una chimenea emocional
La concepción formal de cada pieza respondía a una
arquitectura simbólica muy consciente:
- Los
dos vigilantes laterales (Los custodios): Construidos con las tablas
de las camas y articulados mediante láminas galvanizadas y discos de
freno, integraban las caperuzas del ventilador a modo de yelmos o mirillas
circulares. En un principio pensé en cerrar totalmente los laterales con
el metal, pero decidi dejar espacios abiertos entre cada cinta
galvanizada. Quería que la obra fuera permeable: que la brisa, la luz, los
pensamientos, las miradas y el transcurrir del tiempo pudieran traspasarla
libremente.
- La
pieza central (El mausoleo y la chimenea emocional): Esta obra
bifacial estaba dedicada en una cara a mi madre y en la otra a mi padre. A
diferencia de las laterales, la pieza central era totalmente cerrada en
sus costados, resguardando la intimidad de su vida matrimonial. Sin
embargo, en la parte superior la dejé completamente abierta y hueca. Esta
apertura superior funcionaba como una chimenea emocional: el espacio abierto
entre ellos dos por donde respiraban y ascendían las vivencias, las
alegrías, las tristezas y todo lo que germinó de su unión para dar origen
a nuestra familia.
III. El aserradero, la resina y el silencio del taller
Para construir la pieza central acudí a un aserradero local.
Buscaba tablas rectas, pero al fondo del recinto noté unas maderas deformadas y
curvadas. Al preguntarle al dueño, me explicó: «Joven, lo que pasa es que esas
tablas están verdes y, al secarse al aire libre, se fueron torciendo». En ese
momento supe que eran esas maderas las que necesitaba.
Compré la madera "verde", cargada aún de su
humedad original. Mi intención al no tratarla ni curarla era que la pieza
continuara viva. Anhelaba que, a medida que la madera se secara con los meses,
exudara sus taninos y su resina; que la pieza "llorara" o
"sudara" de forma literal frente a los ojos del espectador,
materializando el goteo constante del duelo.
Construir esta instalación fue una de las descargas
emocionales más intensas de mi carrera. Mi espacio de trabajo se llenó de
largos momentos de silencio, de un recogimiento profundo donde cada clavo, cada
ensamblaje y cada corte de madera servían para procesar aquello que las
palabras no alcanzaban a nombrar.
IV. Custodiar el vacío
El título Vigilantes perpetuos encerraba una ironía
poética que terminó por manifestarse años después. A finales del año 2000, la
instalación fue seleccionada para el Sexto Salón de Artes Plásticas de la
Cámara de Comercio de Cúcuta.
Su primer tenedor fue precisamente la Cámara de Comercio;
allí, entre finales del 2000 y finales del 2001, la pieza estuvo exhibida
custodiando la entrada de la oficina principal de la institución. Fue en ese
espacio donde las láminas metálicas que delimitaban el perímetro original
fueron sustituidas por una cama de piedras blancas, acentuando su carácter
ceremonial.
Tras este periodo, la obra salió de mis manos mediante un
intercambio con otro artista. El nuevo tenedor las instaló en un espacio a
cielo abierto dentro de su propio taller, elevándolas sobre montículos de
cemento rodeados de tierra y plantas. Fue allí, expuesto a la intemperie y a la
naturaleza, donde me comunicaron que el cuerpo central —aquel mausoleo de
madera verde— había sufrido un ataque devastador de comején que lo consumió por
completo hasta hacerlo desaparecer. Solo quedaron las partes metálicas de la
pieza que, al perder su soporte orgánico, terminaron en el suelo como restos de
lo que un día fue un homenaje a mis padres.
Hoy, las dos esculturas laterales permanecen en pie. Su función no se ha interrumpido; al contrario, su nombre cobra un sentido definitivo. Ya no custodian una estructura física ni un objeto que contenga la imagen de mis padres. Ahora, los Vigilantes perpetuos velan sobre el espacio vacío. Vigilan la ausencia.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario